Yo me quería reventar la cabeza en las burbujas rosas pintadas sobre la pared. Vi la sangre espesa resbalando por la porosidad del acabado hasta volverse agua; me di cuenta de que nunca lo hice.
Las burbujas flotaban sobre el fondo color mamey, unas chicas, otras grandes. Su volumen las hacía elevarse, jugar por toda la superficie. Querían atraparla con su liviandad, con su transparencia. Sus padres las pintaron ahí para que no pudiera dejar de verlas. Era necesario. Vanessa nunca quiso ser como ellos, a pesar de todos los años que pasaron tratando de inculcar sus costumbres e ideas en su cabeza; ella los juzgaba sin ninguna consideración, les gritó muchas veces, también los odió. Lo que más quería tener era libertad, por eso, algo en su interior murmuraba que las historias que le contaban de niña para asustarla, no tenían nada de real. Los vampiros salen de noche, salen a cazar, los vampiros no soportan la luz del día, los vampiros beben sangre del cuello de las personas. Los vampiros esto y lo otro; como si fueran uno solo, sin diferencia alguna entre ellos.
Cuando Vanessa tenía apenas ocho años, se pasaba tardes enteras preguntando por el sol. Si es grande o muy redondo, sus padres siempre dijeron que podría matarla, y que lo mejor era ocultarse de él en sus ataúdes. La pequeña vampira lloraba hasta que alguien decía, si es redondo y amarillo. Si algún otro vampiro escuchaba por error esas inquietudes, la considerarían una vergüenza y un peligro para su comunidad. Fue por eso que los padres de Vanessa, prefirieron pintar de colores su recámara, y colgar en medio de la pared un cuadro enorme, que simulaba una ventana con un sol en la parte alta del cielo, además le dieron una cama; así no tendría pretextos para quejarse de lo pequeño de los féretros.
La fábrica donde vivían llevaba ya mucho tiempo abandonada. Toda actividad en su interior pasó desapercibida por los vecinos del lugar. Las ventanas parchadas con tablones gruesos no permitían pasar un solo rayo de luz; Vanessa estaba en la obscuridad siempre, con desagrado veía llegar la hora de la cena, cuando entraban a dejarle un vaso de plástico lleno de sangre tibia. Ella sentía los coágulos resbalar por su lengua y su garganta. Se imaginaba con mucha sed; el color rojo se iba atenuando, se volvía transparente. Sólo así logró pasarse la espesa merienda en las noches. Su familia se negó a todas las ideas y planes que la joven tenía, su padre, incluso la golpeó en el rostro el día que la encontró tratando de arreglar una vieja televisión. En cuanto la vio, desconectó el aparato y lo tiró al suelo con toda la intención de romperlo. No importó mucho la tele hecha pedazos ni el golpe, Vanessa logró ver una imagen, una sola. Esa escena en su cabeza la hacía libre, le daba posibilidades, nadie podía quitarle eso, su memoria y el deseo aferrado en su mente.
En un plato de unicel había una pieza de carne jugosa, perfectamente bien asada y en medio de dos tapas de pan. El queso y la grasa se desbordaban por los lados. Desde entonces Vanessa no volvió a probar la sangre. En unos días bajó de peso, perdió la fuerza y parecía estar perdida, atrapada, flotando junto con las burbujas rosas sobre la pared, quebrándose con ellas. Entonces esperó despierta a que saliera el sol. Después de clavar dos enormes estacas en un par de pechos dormidos, golpeó la puerta hasta tirarla. Con los colmillos bien afilados y a plena luz del día, salió a buscar una hamburguesa.