miércoles, 8 de abril de 2009

CARNE

Yo me quería reventar la cabeza en las burbujas rosas pintadas sobre la pared. Vi la sangre espesa resbalando por la porosidad del acabado hasta volverse agua; me di cuenta de que nunca lo hice.

Las burbujas flotaban sobre el fondo color mamey, unas chicas, otras grandes. Su volumen las hacía elevarse, jugar por toda la superficie. Querían atraparla con su liviandad, con su transparencia. Sus padres las pintaron ahí para que no pudiera dejar de verlas. Era necesario. Vanessa nunca quiso ser como ellos, a pesar de todos los años que pasaron tratando de inculcar sus costumbres e ideas en su cabeza; ella los juzgaba sin ninguna consideración, les gritó muchas veces, también los odió. Lo que más quería tener era libertad, por eso, algo en su interior murmuraba que las historias que le contaban de niña para asustarla, no tenían nada de real. Los vampiros salen de noche, salen a cazar, los vampiros no soportan la luz del día, los vampiros beben sangre del cuello de las personas. Los vampiros esto y lo otro; como si fueran uno solo, sin diferencia alguna entre ellos.

Cuando Vanessa tenía apenas ocho años, se pasaba tardes enteras preguntando por el sol. Si es grande o muy redondo, sus padres siempre dijeron que podría matarla, y que lo mejor era ocultarse de él en sus ataúdes. La pequeña vampira lloraba hasta que alguien decía, si es redondo y amarillo. Si algún otro vampiro escuchaba por error esas inquietudes, la considerarían una vergüenza y un peligro para su comunidad. Fue por eso que los padres de Vanessa, prefirieron pintar de colores su recámara, y colgar en medio de la pared un cuadro enorme, que simulaba una ventana con un sol en la parte alta del cielo, además le dieron una cama; así no tendría pretextos para quejarse de lo pequeño de los féretros.

La fábrica donde vivían llevaba ya mucho tiempo abandonada. Toda actividad en su interior pasó desapercibida por los vecinos del lugar. Las ventanas parchadas con tablones gruesos no permitían pasar un solo rayo de luz; Vanessa estaba en la obscuridad siempre, con desagrado veía llegar la hora de la cena, cuando entraban a dejarle un vaso de plástico lleno de sangre tibia. Ella sentía los coágulos resbalar por su lengua y su garganta. Se imaginaba con mucha sed; el color rojo se iba atenuando, se volvía transparente. Sólo así logró pasarse la espesa merienda en las noches. Su familia se negó a todas las ideas y planes que la joven tenía, su padre, incluso la golpeó en el rostro el día que la encontró tratando de arreglar una vieja televisión. En cuanto la vio, desconectó el aparato y lo tiró al suelo con toda la intención de romperlo. No importó mucho la tele hecha pedazos ni el golpe, Vanessa logró ver una imagen, una sola. Esa escena en su cabeza la hacía libre, le daba posibilidades, nadie podía quitarle eso, su memoria y el deseo aferrado en su mente.

En un plato de unicel había una pieza de carne jugosa, perfectamente bien asada y en medio de dos tapas de pan. El queso y la grasa se desbordaban por los lados. Desde entonces Vanessa no volvió a probar la sangre. En unos días bajó de peso, perdió la fuerza y parecía estar perdida, atrapada, flotando junto con las burbujas rosas sobre la pared, quebrándose con ellas. Entonces esperó despierta a que saliera el sol. Después de clavar dos enormes estacas en un par de pechos dormidos, golpeó la puerta hasta tirarla. Con los colmillos bien afilados y a plena luz del día, salió a buscar una hamburguesa.

martes, 7 de abril de 2009

Amelia

No quedaba nadie más en la habitación; una enorme mesa gris, dos sillas y ellos. La luz azul obscuro reflejada por la noche, entraba por la ventana desnuda. El arete cuadrado brillaba. Cada vez que Amelia ladeaba la cabeza hacia su lado izquierdo, su cara se veía más angulosa que de frente. Ese pequeño movimiento le parecía muy atractivo a Oscar; así le había parecido muchas otras noches. El rostro de Amelia, lleno de simpleza y libre de cualquier adorno además de sus aretes, palidecía de manera intermitente, siguiendo el ritmo con que los faros del hospital daban vuelta. Ella dejaba la mirada inmóvil, no pudo parpadear ni para cubrir sus pupilas del golpe de luz que aventaban los faros en cada nuevo giro. Sólo percibía sus recuerdos, su presente. Amelia sentada al lado de su madre, las dos mirando los rayos de luz que entraban por la ventana de la sala. Contaban un rayo tras otro, tratando de adivinar cual era el coche que llegaba y en dónde se detendría, se equivocaron en la mayoría de ocasiones; eso no las hacía menos felices.
De vez en cuando, un intento de sonrisa asomaba de los labios resecos, pellejudos de Amelia, un fallido reflejo de lucidez que no era conveniente mostrar. La seguridad y el cuidado que ahora le pertenecían resultaban ser muy frágiles a la vista de cualquier mejora. Hablaba mucho, decía todo lo que quería decir, no guardarse nada la satisfacía, no le daba importancia a que nadie la escuchara, por que sólo conversaba en su mente o por que aprovechaba la soledad para usar un poco la voz y no olvidar su sonido. No estaba mintiendo, cuando llegó, cuando perdió a Elisa, no tenía ganas de hablar; no pudo hacerlo durante mucho tiempo. Luego se cansó del silencio, después de un año supo que era el momento de decir las cosas aunque nadie las escuchara.
Oscar la amaba. Amelia no era igual a las demás. Una muchacha que podía pasar por demacrada pero sin llegar a tener el color de la enfermedad. Flaca, de figura estilizada, alta, no más que él. Su cabello de ondas negras caía sobre su frente, cubriendo parcialmente su ojo. Su pelo despeinado, exacto. En sus visitas, Oscar acostumbraba a preguntar mucho, a leerle libros, contar anécdotas falsas, todo sin una respuesta a cambio. Él agradeció la ausencia de interés en sus malas lecturas y la falta de risa en sus historias tontas. En su búsqueda siempre encontró lo que quería. Amelia en lo perdido, en la nada, desviaba los ojos unos segundos y se ofrecía llena de verdad, de consciencia, al hombre húmedo que la sostenía por la cintura. Las otras mujeres no podían.
El faro iluminó el cuarto, esta vez con más fuerza, reclamando la perdida de tiempo y de soledad a los amantes. Amelia mostró su perfil izquierdo cargado de intención. Fijó la vista en el cristal. Sé que no he venido en toda la semana, lo siento, estuve muy ocupado, dijo Oscar. Hizo una pausa. Hay tanto trabajo… sé que entiendes, he pensado en ti todos los días. Oscar lanzaba las frases, después hacía una pausa, siempre lo hacía así. Sabía que Amelia no iba a contestar pero respetaba su turno, luego continuaba el pausado monólogo. Quiero que te pongas bien, la gente cree que no se hace nada, se hace lo que se puede. Lo intento, todos nos esforzamos, no tenemos mucha ayuda, faltan doctores… mira tu boca, le dije a la enfermera que te pusiera crema. Su tono era molesto, se disculpó con Amelia por agobiarla con sus preocupaciones. La melancólica joven aún tenía los ojos clavados en la ventana.
Oscar siguió con un dedo el trazo de su cara, deslizó la yema desde el lóbulo de su oreja hasta la comisura de sus labios; muy despacio, apenas rozándola. Con la otra mano sacó de su bolsa un frasco pequeño de pomada, untó un poco en la boca de Amelia, se levantó de la silla y se acercó a ella. De rodillas en el suelo, tomó su cara con las dos manos y la besó, hizo que se pusiera de pie frente a él. Amelia estaba allí, con sus pies descalzos y fríos, enmarañada, con sus diecisiete años apenas sugeridos por la ligera bata blanca que la cubría. Oscar acarició sus tobillos, su tacto subía, pasó por un moretón recién hecho, lo ignoró. Cuando se topó con la molesta y rasposa tela se encargó de deshacerse de ella. Ahora tenía el cuerpo desnudo de Amelia y bastaba con hacer lo que hacía siempre. Tocarla, besarla, penetrarla, venirse. Ella no objetaba nada, se mantenía silenciosa y con el placer en un discretísimo gesto todo el tiempo. Amelia tenía mucho tiempo sola, su piel, como todas, necesitaba el contacto con otra piel de vez en cuando. Oscar la penetraba y Amelia lo miraba. Era un acuerdo, un intercambio.
Unos minutos antes de que el tiempo se terminara, el doctor vistió con la bata a su paciente, se sentó delante de ella y escribió unas notas en su libreta. Nada nuevo, susurró. Nos vemos en una semana, prometo darte más tiempo; tengo otras pacientes, Amelia. Sé que entiendes. Se levantó y salió de la habitación. Amelia miró la puerta cerrarse.
Dos sillas, una mesa y ella. Su mano subió con una trayectoria temblorosa, hasta tocarse los labios partidos, se le escapó una sonrisa. Le ardió. Aclaró la garganta sin quitar la vista del cristal empañado, pensó en Elisa. Todo volvió a ser como era. Mamá, cuando Oscar y yo nos casemos, tendrás que dejar de mirarnos.