miércoles, 23 de diciembre de 2009
Romance decasílabo
Pinta la proporción hermosa de la excelentísima señora Condesa de Paredes, con otra de cuidados, elegantes esdrújulos, que aún le remite desde México a su excelencia.
Lámina sirva el Cielo al retrato,
Lísida, de tu angélica forma:
cálamos forme el Sol de sus luces;
sílabas las estrellas compongan.
Cárceles tu madeja fabrica:
Dédalo que sutilmente forma
vínculos de dorados Orifes,
Tíbares de prisiones gustosas.
Hécate, no triforme, mas llena,
pródiga de candores asoma;
trémula no en tu frente se oculta,
fúlgida su esplendor desemboza.
Círculo dividido en dos arcos,
Pérsica forman lid belicosa;
áspides que por flechas disparan,
víboras de halagüeña ponzoña.
Lámparas, tus dos ojos, Febeas
súbitos resplandores arrojan:
pólvora que, a las almas que llega,
Tórridas, abrasadas transforma.
Límite de una y otra luz pura,
último, tu nariz judiciosa,
árbitro es entre dos confinantes,
máquina que divide una y otra.
Cátedras del Abril, tus mejillas,
clásicas dan a Mayo, estudiosas:
métodos a jazmines nevados
fórmula rubicunda a las rosas.
Lágrimas del Aurora congela,
búcaro con fragancias, tu boca:
rúbrica con carmines escrita,
cláusula de coral y de aljófar.
Cóncavo es, breve pira, en la barba,
pórfido en que las almas reposan:
túmulo las eriges de luces,
bóveda de luceros las honra.
Tránsito a los jardines de Venus,
órgano es de marfil, en canora
música, tu garganta, en que dulces
éxtasis aun el viento aprisiona.
Pámpanos de cristal y de nieve,
cándidos tus dos brazos, provocan
Tántalos, los deseos ayunos:
míseros, sienten frutas y ondas.
Dátiles de alabastro tus dedos,
fértiles de tus dos palmas brotan,
frígidos si los ojos los miran,
cálidos si las almas los tocan.
Bósforo de estrechez tu cintura,
cíngulo ciñe breve por Zona;
rígida, si de seda, clausura,
músculos nos oculta ambiciosa.
Cúmulo de primores tu talle,
dóricas esculturas asombra:
jónicos lineamientos desprecia,
émula su labor de sí propia.
Móviles pequeñeces tus plantas,
sólidos pavimentos ignoran;
mágicos que, a los vientos que pisan,
tósigos de beldad inficionan.
Plátano tu gentil estructura,
flámula es, que a los aires tremola:
ágiles movimientos, que esparcen
bálsamo de fragantes aromas.
Índices de tu rara hermosura,
rústicas estas lineas son cortas;
cítara solamente de Apolo
méritos cante tuyos, señora,
martes, 22 de diciembre de 2009
Esta vez el texto me gustó más…
Sentía (el personaje) una enorme necesidad de saldar todas las cuentas pendientes, y para su desgracia eran muchas. Luego, se puso a escuchar esa canción de Bumbury. Y al final, decidió que siempre es mejor despedirse y dar lo que se tenga que dar para quedar limpió, libre. Me fastidia bastante la idea de la renovación o de purificación, el cierre de ciclos me parece detestable, la verdad es que vamos por la vida dejando círculos abiertos, etapas inconclusas, en el fondo dejamos posibilidades, pequeños talvez, con la peor de las intenciones en la mayoría de los casos.
Hasta entonces la historia no me convencía y las reflexiones de esta mujer, me habían sacado para el tercer párrafo más de cuatro gestos de desaprobación. Pero antes de cerrar el libro y dejarlo olvidado por ahí, leí entre líneas una doble intención, una segunda mirada en el trasfondo de sus pupilas. Tomé la punta de la hoja con los dedos y le di vuelta a la página. Que rostro tan soberbio, que ser tan despreciable. No pude evitar amar el personaje de tinta como si fuera de carne y alcanzara a tocar su piel blanca. Claro está que siguiendo la psicología obvia de Raquel, me despreciaría en el instante preciso, yo tendría oportunidad de acercar mi mano de la forma en la que me placiera, pero apenas unos instantes, segundos, apenas la tercera parte de lo que duran las ansias, ella alejaría su cuerpo y me miraría con asco. Así es. De lo contrario la manera en la que se venía comportando con cualquiera que demostrara quererla un poco, no convencería ni a una persona demasiado buena. Los soberbios lo son hasta el final, hasta el peor de los finales. No pueden arrepentirse y ya, creen tener la razón siempre, y sólo hay un significado para la palabra siempre. Era la dualidad tan notoria lo que me tenía atrapado entre los personajes.
Así quedaron de verse una vez más, porque en general las personas no se olvidan entre sí tan fácil, se ven y hablan y vuelven a hablar. La estupidez viene en los talvez, los errores vienen a cuenta y también los deseos. Hasta entonces los comprendí, tenían que platicar de nuevo, una última vez. Era Noviembre, como antes, el viento frío les golpeaba el rostro, sentían la nariz helada, incluso sus manos estaban algo entumidas. El cielo gris sobre reforma se veía ahora muy amplio, muy lejos. Las bancas seguían ahí, como todos los jueves por la tarde, casi vacías…
ME DUELES
Mansamente, insoportablemente, me dueles.
Toma mi cabeza. Córtame el cuello.
Nada queda de mí después de este amor.
Entre los escombros de mi alma, búscame,
escúchame.
En algún sitio, mi voz sobreviviente, llama,
pide tu asombro, tu iluminado silencio.
Atravesando muros, atmósferas, edades,
tu rostro (tu rostro que parece que fuera cierto)
viene desde la muerte, desde antes
del primer día que despertara al mundo.
¡Qué claridad de rostro, qué ternura
de luz ensimismada,
qué dibujo de miel sobre hojas de agua!
Amo tus ojos, amo, amo tus ojos.
Soy como el hijo de tus ojos, como una gota de tus ojos soy.
Levántame. De entre tus pies levántame, recógeme,
del suelo, de la sombra que pisas,
del rincón de tu cuarto que nunca ves en sueños.
Levántame. Porque he caído de tus manos
y quiero vivir, vivir, vivir.
miércoles, 28 de octubre de 2009
Tankas
Jorge Luís Borges
1
Alto en la cumbre
todo el jardín es luna,
luna de oro.
Más precioso es el roce
de tu boca en la sombra.
2
La voz del ave
que la penumbra esconde
ha enmudecido.
Andas por tu jardín.
Algo, lo sé, te falta.
3
La ajena copa,
la espada que fue espada
en otra mano,
la luna de la calle,
¿dime, acaso no bastan?
4
Bajo la luna
el tigre de oro y sombra
mira sus garras.
No sabe que en el alba
han destrozado un hombre.
5
Triste la lluvia
que sobre el mármol cae,
triste ser tierra.
Triste no ser los días
del hombre, el sueño, el alba.
6
No haber caído,
como otros de mi sangre,
en la batalla.
Ser en la vana noche
el que cuenta las sílabas.
martes, 22 de septiembre de 2009
sábado, 1 de agosto de 2009
PupiLa
está prohibido ser murciélado o gato
negro
pero las mujeres bromean a pesar del
abismo
el tiempo no es un mar sino un pozo
para asomarse a los reflejos de la
infancia
está prohibido sudar, mi bien
está prohibido ser marismas o molusco
está prohibido ver hacia el fondo del
abismo
pero te asomas y miras tu dibujo
en ¿TO
DA? la
pupi ¿VÍA
ES? la
líKi ¿EL
CA? da
del ¿MI
NO? pozo
Está prohibido tener miedo, digo
Está prohibido ser espejo, me contestas
Con tus ojos líquidos de pozo
Tomado de LOS DANZANTES EN MEDIO DE LA HOGUERA (ES TAN SIMPLE QUE PARECE UNA MENTIRA)
H. Pascal. fragmento
domingo, 28 de junio de 2009
Canto general / el pueblo se llama Juan
Pablo Neruda
XVII
La tierra se llama Juan
Detrás de los libertadores estaba Juan
trabajando, pescando y combatiendo,
en su trabajo de carpintería o en su mina mojada.
Sus manos han arado la tierra y han medido
los caminos.
Sus huesos están en todas partes.
Pero vive. Regresó de la tierra. Ha nacido.
Ha nacido de nuevo como una planta eterna.
Toda la noche impura trató de sumergirlo
y hoy afirma en la aurora sus labios indomables.
Lo ataron, y es ahora decidido soldado.
Lo hirieron, y mantiene su salud de manzana.
Le cortaron las manos, y hoy golpea con ellas.
Lo enterraron, y viene cantando con nosotros.
Juan, es tuya la puerta y el camino.
La tierra
es tuya, pueblo, la verdad ha nacido
contigo, de tu sangre.
No pudieron exterminarte. Tus raíces,
árbol de humanidad,
árbol de eternidad,
hoy están defendidas con acero,
hoy están defendidas con tu propia grandeza
en la patria soviética, blindada,
contra las mordeduras del lobo agonizante.
Pueblo, del sufrimiento nació el orden.
Del orden tu bandera de victoria ha nacido.
Levántala con todas las manos que cayeron,
defiéndelas con todas las manos que se juntan:
y que avance a la lucha final, hacia la estrella
la unidad de tus rostros invencibles.
sábado, 30 de mayo de 2009
miércoles, 8 de abril de 2009
Yo me quería reventar la cabeza en las burbujas rosas pintadas sobre la pared. Vi la sangre espesa resbalando por la porosidad del acabado hasta volverse agua; me di cuenta de que nunca lo hice.
Las burbujas flotaban sobre el fondo color mamey, unas chicas, otras grandes. Su volumen las hacía elevarse, jugar por toda la superficie. Querían atraparla con su liviandad, con su transparencia. Sus padres las pintaron ahí para que no pudiera dejar de verlas. Era necesario. Vanessa nunca quiso ser como ellos, a pesar de todos los años que pasaron tratando de inculcar sus costumbres e ideas en su cabeza; ella los juzgaba sin ninguna consideración, les gritó muchas veces, también los odió. Lo que más quería tener era libertad, por eso, algo en su interior murmuraba que las historias que le contaban de niña para asustarla, no tenían nada de real. Los vampiros salen de noche, salen a cazar, los vampiros no soportan la luz del día, los vampiros beben sangre del cuello de las personas. Los vampiros esto y lo otro; como si fueran uno solo, sin diferencia alguna entre ellos.
Cuando Vanessa tenía apenas ocho años, se pasaba tardes enteras preguntando por el sol. Si es grande o muy redondo, sus padres siempre dijeron que podría matarla, y que lo mejor era ocultarse de él en sus ataúdes. La pequeña vampira lloraba hasta que alguien decía, si es redondo y amarillo. Si algún otro vampiro escuchaba por error esas inquietudes, la considerarían una vergüenza y un peligro para su comunidad. Fue por eso que los padres de Vanessa, prefirieron pintar de colores su recámara, y colgar en medio de la pared un cuadro enorme, que simulaba una ventana con un sol en la parte alta del cielo, además le dieron una cama; así no tendría pretextos para quejarse de lo pequeño de los féretros.
La fábrica donde vivían llevaba ya mucho tiempo abandonada. Toda actividad en su interior pasó desapercibida por los vecinos del lugar. Las ventanas parchadas con tablones gruesos no permitían pasar un solo rayo de luz; Vanessa estaba en la obscuridad siempre, con desagrado veía llegar la hora de la cena, cuando entraban a dejarle un vaso de plástico lleno de sangre tibia. Ella sentía los coágulos resbalar por su lengua y su garganta. Se imaginaba con mucha sed; el color rojo se iba atenuando, se volvía transparente. Sólo así logró pasarse la espesa merienda en las noches. Su familia se negó a todas las ideas y planes que la joven tenía, su padre, incluso la golpeó en el rostro el día que la encontró tratando de arreglar una vieja televisión. En cuanto la vio, desconectó el aparato y lo tiró al suelo con toda la intención de romperlo. No importó mucho la tele hecha pedazos ni el golpe, Vanessa logró ver una imagen, una sola. Esa escena en su cabeza la hacía libre, le daba posibilidades, nadie podía quitarle eso, su memoria y el deseo aferrado en su mente.
En un plato de unicel había una pieza de carne jugosa, perfectamente bien asada y en medio de dos tapas de pan. El queso y la grasa se desbordaban por los lados. Desde entonces Vanessa no volvió a probar la sangre. En unos días bajó de peso, perdió la fuerza y parecía estar perdida, atrapada, flotando junto con las burbujas rosas sobre la pared, quebrándose con ellas. Entonces esperó despierta a que saliera el sol. Después de clavar dos enormes estacas en un par de pechos dormidos, golpeó la puerta hasta tirarla. Con los colmillos bien afilados y a plena luz del día, salió a buscar una hamburguesa.
martes, 7 de abril de 2009
Amelia
De vez en cuando, un intento de sonrisa asomaba de los labios resecos, pellejudos de Amelia, un fallido reflejo de lucidez que no era conveniente mostrar. La seguridad y el cuidado que ahora le pertenecían resultaban ser muy frágiles a la vista de cualquier mejora. Hablaba mucho, decía todo lo que quería decir, no guardarse nada la satisfacía, no le daba importancia a que nadie la escuchara, por que sólo conversaba en su mente o por que aprovechaba la soledad para usar un poco la voz y no olvidar su sonido. No estaba mintiendo, cuando llegó, cuando perdió a Elisa, no tenía ganas de hablar; no pudo hacerlo durante mucho tiempo. Luego se cansó del silencio, después de un año supo que era el momento de decir las cosas aunque nadie las escuchara.
Oscar la amaba. Amelia no era igual a las demás. Una muchacha que podía pasar por demacrada pero sin llegar a tener el color de la enfermedad. Flaca, de figura estilizada, alta, no más que él. Su cabello de ondas negras caía sobre su frente, cubriendo parcialmente su ojo. Su pelo despeinado, exacto. En sus visitas, Oscar acostumbraba a preguntar mucho, a leerle libros, contar anécdotas falsas, todo sin una respuesta a cambio. Él agradeció la ausencia de interés en sus malas lecturas y la falta de risa en sus historias tontas. En su búsqueda siempre encontró lo que quería. Amelia en lo perdido, en la nada, desviaba los ojos unos segundos y se ofrecía llena de verdad, de consciencia, al hombre húmedo que la sostenía por la cintura. Las otras mujeres no podían.
El faro iluminó el cuarto, esta vez con más fuerza, reclamando la perdida de tiempo y de soledad a los amantes. Amelia mostró su perfil izquierdo cargado de intención. Fijó la vista en el cristal. Sé que no he venido en toda la semana, lo siento, estuve muy ocupado, dijo Oscar. Hizo una pausa. Hay tanto trabajo… sé que entiendes, he pensado en ti todos los días. Oscar lanzaba las frases, después hacía una pausa, siempre lo hacía así. Sabía que Amelia no iba a contestar pero respetaba su turno, luego continuaba el pausado monólogo. Quiero que te pongas bien, la gente cree que no se hace nada, se hace lo que se puede. Lo intento, todos nos esforzamos, no tenemos mucha ayuda, faltan doctores… mira tu boca, le dije a la enfermera que te pusiera crema. Su tono era molesto, se disculpó con Amelia por agobiarla con sus preocupaciones. La melancólica joven aún tenía los ojos clavados en la ventana.
Oscar siguió con un dedo el trazo de su cara, deslizó la yema desde el lóbulo de su oreja hasta la comisura de sus labios; muy despacio, apenas rozándola. Con la otra mano sacó de su bolsa un frasco pequeño de pomada, untó un poco en la boca de Amelia, se levantó de la silla y se acercó a ella. De rodillas en el suelo, tomó su cara con las dos manos y la besó, hizo que se pusiera de pie frente a él. Amelia estaba allí, con sus pies descalzos y fríos, enmarañada, con sus diecisiete años apenas sugeridos por la ligera bata blanca que la cubría. Oscar acarició sus tobillos, su tacto subía, pasó por un moretón recién hecho, lo ignoró. Cuando se topó con la molesta y rasposa tela se encargó de deshacerse de ella. Ahora tenía el cuerpo desnudo de Amelia y bastaba con hacer lo que hacía siempre. Tocarla, besarla, penetrarla, venirse. Ella no objetaba nada, se mantenía silenciosa y con el placer en un discretísimo gesto todo el tiempo. Amelia tenía mucho tiempo sola, su piel, como todas, necesitaba el contacto con otra piel de vez en cuando. Oscar la penetraba y Amelia lo miraba. Era un acuerdo, un intercambio.
Unos minutos antes de que el tiempo se terminara, el doctor vistió con la bata a su paciente, se sentó delante de ella y escribió unas notas en su libreta. Nada nuevo, susurró. Nos vemos en una semana, prometo darte más tiempo; tengo otras pacientes, Amelia. Sé que entiendes. Se levantó y salió de la habitación. Amelia miró la puerta cerrarse.
Dos sillas, una mesa y ella. Su mano subió con una trayectoria temblorosa, hasta tocarse los labios partidos, se le escapó una sonrisa. Le ardió. Aclaró la garganta sin quitar la vista del cristal empañado, pensó en Elisa. Todo volvió a ser como era. Mamá, cuando Oscar y yo nos casemos, tendrás que dejar de mirarnos.

