martes, 22 de diciembre de 2009

Esta vez el texto me gustó más…

Hablaba de una cita pactada más que por gusto por obligación; por deuda.
Sentía (el personaje) una enorme necesidad de saldar todas las cuentas pendientes, y para su desgracia eran muchas. Luego, se puso a escuchar esa canción de Bumbury. Y al final, decidió que siempre es mejor despedirse y dar lo que se tenga que dar para quedar limpió, libre. Me fastidia bastante la idea de la renovación o de purificación, el cierre de ciclos me parece detestable, la verdad es que vamos por la vida dejando círculos abiertos, etapas inconclusas, en el fondo dejamos posibilidades, pequeños talvez, con la peor de las intenciones en la mayoría de los casos.

Hasta entonces la historia no me convencía y las reflexiones de esta mujer, me habían sacado para el tercer párrafo más de cuatro gestos de desaprobación. Pero antes de cerrar el libro y dejarlo olvidado por ahí, leí entre líneas una doble intención, una segunda mirada en el trasfondo de sus pupilas. Tomé la punta de la hoja con los dedos y le di vuelta a la página. Que rostro tan soberbio, que ser tan despreciable. No pude evitar amar el personaje de tinta como si fuera de carne y alcanzara a tocar su piel blanca. Claro está que siguiendo la psicología obvia de Raquel, me despreciaría en el instante preciso, yo tendría oportunidad de acercar mi mano de la forma en la que me placiera, pero apenas unos instantes, segundos, apenas la tercera parte de lo que duran las ansias, ella alejaría su cuerpo y me miraría con asco. Así es. De lo contrario la manera en la que se venía comportando con cualquiera que demostrara quererla un poco, no convencería ni a una persona demasiado buena. Los soberbios lo son hasta el final, hasta el peor de los finales. No pueden arrepentirse y ya, creen tener la razón siempre, y sólo hay un significado para la palabra siempre. Era la dualidad tan notoria lo que me tenía atrapado entre los personajes.

Así quedaron de verse una vez más, porque en general las personas no se olvidan entre sí tan fácil, se ven y hablan y vuelven a hablar. La estupidez viene en los talvez, los errores vienen a cuenta y también los deseos. Hasta entonces los comprendí, tenían que platicar de nuevo, una última vez. Era Noviembre, como antes, el viento frío les golpeaba el rostro, sentían la nariz helada, incluso sus manos estaban algo entumidas. El cielo gris sobre reforma se veía ahora muy amplio, muy lejos. Las bancas seguían ahí, como todos los jueves por la tarde, casi vacías…

No hay comentarios:

Publicar un comentario